Le cuesta atender, no puede prestar atención. Su cabeza no es capaz de estar cinco minutos seguidos con un mismo tema. Oye el ruído, nota las vibraciones que produce el timbre marcando el cambio de clase, pero no se inmuta, sigue inmersa en su mundo. Un mundo donde sólo está ella.
-Eva, tengo que cerrar la clase.- Le dice amablemente la profesora.
Despierta, recoge sus cosas y sale. El pasillo es una selva, los monos saltan y gritan, la manada de leones ruge, marcando territorios y autoridad. Tiene miedo, ella es la comida de las fieras, ella es su alimento, una víctima.
El recreo no es muy largo, veinte minutos, pero sí intenso y duro. Tienes que huír y esconderte, no puedes permitir que te atrapen, acabarías muerto.
Eva elige un rincón del patio, se sienta y saca del bolsillo su iPod de color verde esmeralda, el color de la esperanza, algo que a ella le falta. Música, su droga preferida. Un día sin música sería como un día sin comer.
De pronto, el cielo se vuelve morado, el color de la desesperación. Los dioses descargan su furia en forma de agua. No puede quedarse allí, debe volver al pasillo, tiene que volver al inframundo.
¿Sobrevivirá? No lo sabe, ella se conforma con ser invisible, con ser un alma que vuela por el mundo, inadvertida, sin ser vista.

