11 diciembre, 2011
Frío
17 octubre, 2011
Ponte la máscara llamada libertad
09 octubre, 2011
Say goodbye to heaven
04 octubre, 2011
Nunca regresaban porque no llegaban a sus destinos
Era el quinto día de viaje. Hacía calor, el sol caía a plomo y la única sombra posible era aquella creada por una chaqueta o un paño.
Todo a nuestro alrededor era agua, una inmensa masa de agua, la cual parecía no tener fin.
Hacía apenas unas pocas horas que el agua potable se había terminado y yo ya notaba la sequedad en mi boca.
Los días eran largos y calurosos, las noches eran también interminables pero al contrario que los días, éstas eran horrorosamente frías. La brisa marina que durante las horas de sol nos refrescaba, a la noche nos congelaba.
La gente huía del país en estos barcos llamados pateras, huían a lugares nuevos, ricos, con trabajo y un final feliz. Nunca regresaban. Antes creía que era por las comodidades que allí encontraban pero ahora empezaba a creer que nunca volvían porque nunca llegaban a su destino.
Una fuerte ola disolvió mis pensamientos. El barco se balanceaba de un lado al otro, había momentos que parecía que iba volcar. Me agarré insegura a uno de los extremos.
El viento soplaba con fuerza y el mar estaba bravo y furioso.
Entonces la vi allí, pequeña, asustada, perdida. Lloraba y gemía señalando al mar. No lo pude evitar, me acerqué a ella y miré hacia donde indicaba con el brazo.
Una luz nos cegó de repente, algo muy grande se acercaba con rápidez hacia nosotros. Tuve miedo, no me avergüenzo de decirlo.
Fueron minutos de confusión, todo ocurrió con rapidez. Intenté seguir mi instinto y tras ver que estaba a salvo de las olas, me desmayé.
Mi mente tiene grandes lagunas de aquella noche pero de lo que sí estoy segura es de aquella voz:
-Con esta hacen 33. No hay muertos.- Decía en un idioma desconocido para mí.
Me levanté asustada y pude ver que mis pies pisaban arena. Lo habíamos conseguido, habíamos llegado a la llamada tierra de la felicidad.
22 septiembre, 2011
Una sola bala
Nueva York no es una ciudad tranquila, pero eso ya lo sabía Mark Norrington cuando llamó a la comisaría del distrito 19 solicitando un puesto de trabajo. Todos se preguntaban porqué ese cambio, pues Mark vivía en el norte en una pequeña casa, solo. Era viudo, pero de eso ya habían pasado años. La verdadera pregunta era: ¿Por qué pasar de un lugar tranquilo como Michigan a trabajar en la comisaría del Bronx? Sin duda, era todo un enigma.
La tercera semana como policía, Mark, en su turno de noche, caminaba silencioso y oculto entre las sombras de un callejón.
Seguía a alguien, un hombre vestido con traje negro y sombrero de piel. Un hombre bajito y con paso desnivelado, quizás por una cojera mal curada.
El hombre de negro notó la presencia de alguien tras sus pasos y asustado, buscó en la oscuridad a aquel que usaba una colonia de un olor tan familiar.
-Mark…-Y acto seguido echó a correr.
Fue una persecución silenciosa, nada que ver con las de las películas. Pero al fin, tras quince minutos corriendo entre incestuosas calles del Bronx, el hombre de negro no encontró la salida de un callejón. Estaba acorralado y tenía miedo.
-Me robaste lo que más quería.- Mark no bromeaba.
-Vanessa era…
-¡No te atrevas a nombrarla! Ella era… y tú…tú…
-Yo no quería…
-¿Sabes? Un ladrón no olvida la cara de otro ladrón.
-Nunca llegaste a ser un ladrón, siempre fuiste un cobarde.
-No lo seré ahora.
Mark apretó el gatillo de la pistola. Una sola bala. Un solo tiro. Un solo muerto.
19 septiembre, 2011
Un te quiero mudo, ciego y sordo
-Te quiero.
-No, ahora dilo de verdad.
-¿De verdad? Pero si ya lo he hecho.
-No.
-¿Entonces que quieres que haga?-Preguntó él algo molesto.
-Una palabra no significa nada si no conlleva un sentimiento, una acción.
-¿Quieres que te bese?
-No.
-Pues entonces no sé- El pobre se empezaba a desesperar.- Paula, de veras que no sé. Te quiero, te quiero, te quiero.
-No quiero que lo repitas, quiero que sea nuestra historia. Un te quiero de verdad, un te quiero de esos que no se lleva el viento. Un te quiero mudo, ciego y sordo. Un te quiero tuyo y mío. Nuestro y de nadie más.
-Toma.- Él le entrega una hoja de libreta recién arrancada con un garabato escrito a prisa con un boli bic azul.
-¿Qué es esto?
-Una llave.- Costaba verla pues a él nunca se le había dado bien dibujar, pero con imaginación podía llegar a serla.
-Ya, ¿y?- Ahora era ella la que no captaba el mensaje.
-Con ella abrirás mi corazón.
Y se besaron. Un beso corto pero intenso. Justo lo que Paula quería oír había salido de esos labios carnosos que siempre sabían a restos de tabaco. Un te quiero suyo, con derechos de autor.