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11 diciembre, 2011

Frío

Papá conduce tranquilo, la noche está despejada y llena de puntos amarillos que al parecer, se hacen llamar estrellas.
Click, pone la radio y una bonita y alegre melodía comienza a sonar. Tengo sueño, bostezo un par de veces.
De pronto, una niebla invade la carretera, la lluvia comienza a caer y los cristales se empañan.
Pierde el control, comienza a girar el volante como si de un juguete se tratase, ¡Qué divertido es darle vueltas! Pero lo cierto es que las ganas de llorar invaden mi cuerpo.
Noto como me empieza a doler la cabeza, es irremediable, mi llanto se mezcla con la música salida de la radio. Tras una serie de choques con algo que no consigo ver, el coche se para.
-¿Papá?-Digo en mi idioma.
Nadie me contesta. El frío comienza a entrar por el coche. Lloro, no puedo parar.
-Tranquilo pequeño… aish- Gime (de dolor)-… tranquilo.-Dice mi padre mientras pasa del asiento delantero a donde me encuentro yo. Algo rojo le baja por el brazo.-Tranquilo…sshh… to…toma.-Me tapa con su chaqueta.
Poco a poco hacía más y más frío. No sé cuánto tiempo pasó, pero llegó un momento en que papá se durmió. Tal y como podría comprobar, nunca se despertaría.
La radio sonaba de fondo, sonó durante el día y medio que tardaron en encontrarme.

17 octubre, 2011

Ponte la máscara llamada libertad


Corría descalza por las calles abarrotadas del centro de su ciudad.
El sonido de los cascabeles de su vestido iba avisando a los transeúntes de su llegada. Laysha huía.
Corría hacia delante, sin detenerse sin mirar atrás. No quería volver, tampoco podría hacerlo, ahora era una deshonra para su familia.
Arrancó el velo de seda verde que le cubría la cara. Ya no le iba a hacer falta pues ella misma había cancelado la boda.
No quería casarse con aquel muchacho que no conocía de nada. No quería pasar a ser la quinta de sus mujeres. No podía permitir que una cutre ceremonia de unión le arrebatase toda la libertad que ella quería e iba a tener.
Llegó al lavadero municipal, un tramo del río donde poder bañarte y lavar la ropa. Mojó sus manos y se frotó la cara, adiós a todo el maquillaje, adiós a su máscara. Al fin sería ella misma, al fin sería libre.

Os comento que el plazo para participar en el concurso "Roja como la sangre, letal como el viento" se termina el jueves a las 23.59 (si llega algo al día siguiente pues bueno... no pasa nada). El domingo publicaré en una entrada al/los ganador/es del concurso:) Para los que queráis participar (aun estáis a tiempo) aquí esta el enlace a las bases: Roja como la sangre, letal como el viento

09 octubre, 2011

Say goodbye to heaven


A veces queremos algo tanto que no nos importa el precio a pagar. El tren sólo pasa una vez, corre, agárrate al manillar de la escalerilla y monta en él.
Los vagones son grandes y espaciosos, no conoces a nadie, todos visten de negro y de rojo y sus caras son sumamente atractivas.
Recorres cada recoveco de aquel maldito tren en su búsqueda. Tiene que estar allí, lo prometió y él estará, no es de los que se toman a broma lo que dicen.
Te pidió y te advirtió que deberías dejarlo todo por él, que ambos deberíais hacerlo.
No siempre los caminos con margaritas son los mejores, a veces hace falta pincharse con algún que otro cardo de rosas.
Y entonces lo ves, reluce en la oscuridad de aquel vagón, blanco como la luz en medio de un mundo de oscuridad.
Lo abrazas y sonríes. Si antes no estabas segura, ahora darías tu vida por apostar lo contrario.
El revisor avisa la parada.
-El tren con destino al infierno ha llegado a su destino.
-Say goodbye to heaven, dear.-Te susurra.
-Hello darkness.- Añades hipnotizada.

04 octubre, 2011

Nunca regresaban porque no llegaban a sus destinos

Era el quinto día de viaje. Hacía calor, el sol caía a plomo y la única sombra posible era aquella creada por una chaqueta o un paño.

Todo a nuestro alrededor era agua, una inmensa masa de agua, la cual parecía no tener fin.

Hacía apenas unas pocas horas que el agua potable se había terminado y yo ya notaba la sequedad en mi boca.

Los días eran largos y calurosos, las noches eran también interminables pero al contrario que los días, éstas eran horrorosamente frías. La brisa marina que durante las horas de sol nos refrescaba, a la noche nos congelaba.

La gente huía del país en estos barcos llamados pateras, huían a lugares nuevos, ricos, con trabajo y un final feliz. Nunca regresaban. Antes creía que era por las comodidades que allí encontraban pero ahora empezaba a creer que nunca volvían porque nunca llegaban a su destino.

Una fuerte ola disolvió mis pensamientos. El barco se balanceaba de un lado al otro, había momentos que parecía que iba volcar. Me agarré insegura a uno de los extremos.

El viento soplaba con fuerza y el mar estaba bravo y furioso.

Entonces la vi allí, pequeña, asustada, perdida. Lloraba y gemía señalando al mar. No lo pude evitar, me acerqué a ella y miré hacia donde indicaba con el brazo.

Una luz nos cegó de repente, algo muy grande se acercaba con rápidez hacia nosotros. Tuve miedo, no me avergüenzo de decirlo.

Fueron minutos de confusión, todo ocurrió con rapidez. Intenté seguir mi instinto y tras ver que estaba a salvo de las olas, me desmayé.

Mi mente tiene grandes lagunas de aquella noche pero de lo que sí estoy segura es de aquella voz:

-Con esta hacen 33. No hay muertos.- Decía en un idioma desconocido para mí.

Me levanté asustada y pude ver que mis pies pisaban arena. Lo habíamos conseguido, habíamos llegado a la llamada tierra de la felicidad.

22 septiembre, 2011

Una sola bala

Nueva York no es una ciudad tranquila, pero eso ya lo sabía Mark Norrington cuando llamó a la comisaría del distrito 19 solicitando un puesto de trabajo. Todos se preguntaban porqué ese cambio, pues Mark vivía en el norte en una pequeña casa, solo. Era viudo, pero de eso ya habían pasado años. La verdadera pregunta era: ¿Por qué pasar de un lugar tranquilo como Michigan a trabajar en la comisaría del Bronx? Sin duda, era todo un enigma.

La tercera semana como policía, Mark, en su turno de noche, caminaba silencioso y oculto entre las sombras de un callejón.

Seguía a alguien, un hombre vestido con traje negro y sombrero de piel. Un hombre bajito y con paso desnivelado, quizás por una cojera mal curada.

El hombre de negro notó la presencia de alguien tras sus pasos y asustado, buscó en la oscuridad a aquel que usaba una colonia de un olor tan familiar.

-Mark…-Y acto seguido echó a correr.

Fue una persecución silenciosa, nada que ver con las de las películas. Pero al fin, tras quince minutos corriendo entre incestuosas calles del Bronx, el hombre de negro no encontró la salida de un callejón. Estaba acorralado y tenía miedo.

-Me robaste lo que más quería.- Mark no bromeaba.

-Vanessa era…

-¡No te atrevas a nombrarla! Ella era… y tú…tú…

-Yo no quería…

-¿Sabes? Un ladrón no olvida la cara de otro ladrón.

-Nunca llegaste a ser un ladrón, siempre fuiste un cobarde.

-No lo seré ahora.

Mark apretó el gatillo de la pistola. Una sola bala. Un solo tiro. Un solo muerto.

19 septiembre, 2011

Un te quiero mudo, ciego y sordo

-Dime que me quieres.
-Te quiero.
-No, ahora dilo de verdad.
-¿De verdad? Pero si ya lo he hecho.
-No.
-¿Entonces que quieres que haga?-Preguntó él algo molesto.
-Una palabra no significa nada si no conlleva un sentimiento, una acción.
-¿Quieres que te bese?
-No.
-Pues entonces no sé- El pobre se empezaba a desesperar.- Paula, de veras que no sé. Te quiero, te quiero, te quiero.
-No quiero que lo repitas, quiero que sea nuestra historia. Un te quiero de verdad, un te quiero de esos que no se lleva el viento. Un te quiero mudo, ciego y sordo. Un te quiero tuyo y mío. Nuestro y de nadie más.
-Toma.- Él le entrega una hoja de libreta recién arrancada con un garabato escrito a prisa con un boli bic azul.
-¿Qué es esto?
-Una llave.- Costaba verla pues a él nunca se le había dado bien dibujar, pero con imaginación podía llegar a serla.
-Ya, ¿y?- Ahora era ella la que no captaba el mensaje.
-Con ella abrirás mi corazón.
Y se besaron. Un beso corto pero intenso. Justo lo que Paula quería oír había salido de esos labios carnosos que siempre sabían a restos de tabaco. Un te quiero suyo, con derechos de autor.

17 septiembre, 2011

Alter Ego

Llegó a casa exhausta. 3 a.m. La habitación del motel que había alquilado no era gran cosa: una cama, una televisión por pago, de estas que para encender tenías que introducir una moneda, una pequeña cómoda y un baño. Allí era a donde se dirigía, el baño.
Se miró en el espejo, tenía la cara pálida y con ojeras alrededor de sus dos ojos color avellana.
Observó la palma de sus manos, había manchas de sangre. Frotó con agua y jabón durante al menos cinco minutos, pero no era suficiente, la marca del delito estaba impresa en su piel.
Oyó la sirena de un coche, ¿y si iban a por ella?
Un sudor frío comenzó a recorrerle el cuerpo de arriba abajo, no era una sensación agradable.
Decidió lavarse la cara con agua bien fría.
-¿Qué te pasa, Cat? Era lo que tenías que hacer...-Se repetía una y otra vez.- ¿Qué pasa? ¿Has perdido facultades? Antes eras más dura, más eficaz, más letal.
Las pequeñas cajas de cartón con jabón de manos, peines o limpiadores de zapatos se encontraban sobre la superficie de uno de los muebles del cuarto de baño. Pero ella no quería frotar más sus manos ya agrietadas a causa de la sequedad producida por el agua. Ella buscaba otra cosa.
Divisó al fonod de un estante una caja con una etiqueta marcando lo que ocultaba en su interior. "Cuchillas de afeitar", eso puede que le sirviera.
Tras abrirla y agarrar uno de esos metales afilados y quedarse ensimismada observando como la luz se reflejaba en él, se dio cuenta de que no podía con ello. Era demasiado cobarde como para afrontar y convivir con lo sucedido esa noche.
-Lo has hecho un montón de veces, ¿recuerdas al señor Mormont? ¿Quizás la señora Cobalst? Si lo haces irás a junto de ellos, allí no serás bien recibida, creéme.-Esa voz interna la mataba por dentro, la destrozaba, la desgarraba a cachitos. No podía más.
Fue rápido y apenas doloroso, pero lo que de verdad acabó con su vida fue la conciencia y el golpe que recibió contra la bañera al caer inconsciente.

07 agosto, 2011

El lugar donde comienza la felicidad


Kaleb vivía en su mundo negro. Un mundo de adultos en el cual no había lugar para la infancia. Todo era serio, oscuro y sucio. El pobre no había disfrutado de cosas tan simples como un cochecito de juguete, una piruleta, una pelota…
Él  tenía miedo, en sus ocho años no había visto más que escombros llenos de agujeros huecos. Así era su vida, incompleta, vacía.
No tenía dinero, no tenía padres, estaba solo en ese mundo cruel. Vivía como podía, sin casa, sin amigos. Su única compañía era aquel recuerdo amargo de su madre durmiendo en un sueño del que nunca despertaría.
Bombas, fuego por todas partes. La guerra. Iraq.
Hombres armados recorrían las calles en busca de cuerpos despiertos. Había que comer, tenía que esconderse. Jugar a aquel juego llamado escondite, aquello juego  que nunca había  conocido.
Era la quinta noche que Kaleb se escondía detrás del coche rojo de matrícula ilegible para él. Parecía un buen lugar donde reposar.
La luz del amanecer forzó el despertar del pequeño. Hacía un buen día, hoy sería distinto, no sabía por qué, pero lo sabía.
De pronto una silueta recortó el horizonte. Tac,tac. El sonido de los tacones se acercaba cada vez más.
-¿Estás solo, pequeño?
La entendía, ¿Cómo podía ser? No era de allí, lo notaba en sus facciones, aún así hablaba su idioma.
Se abstuvo a contestar, tenía miedo.
-¿Tus…papás?-Seguía sin obtener respuesta.-Me llamo María, ¿y tú?
-K…Kaleb.
-¡Kaleb! Ummm…¡Kaleb! Sí, sí. ¡Eres tú! ¡Menos mal que te encontramos!- El teatro parecía funcionar.-Ven, te llevaré a un sitio tranquilo, lejos de todo este ruido, ¿Te gustaría? ¡Habrá más niños con los que jugar!
-Yo…yo no… tengo miedo. Hay mucho fuego por allí. Me quedo aquí, es… mi refugio.
-Kaleb, ¿Sabes cuál es el truco de los valientes?- Él negó con la cabeza.-No decir nunca que tienen miedo.
Por primera vez en mucho tiempo, el niño de cara sombría y triste, sonreía.
-Venga, vamos. Ya verás, es un sitio mucho mejor que este. ¡Te gustará!
Y los dos, agarrados de la mano, caminaban hacia el horizonte. El lugar donde comienza la felicidad.

(Esta es mi entrada 200, espero que os haya gustado. Para los que no estén muy puestos, se sitúa como ya digo en el texto, en la guerra de Iraq.)

01 agosto, 2011

Aquel tiovivo de cristal


Nirvana huía. Caminaba a través de la nieve con paso firme y decidido. La gran nevada le impedía avanzar con facilidad pero le ayudaba a borrar su rastro. No quería mirar atrás, no podía, sabía que si lo hacía, el viento del norte la arrastraría de nuevo a su muerte. Había escapado, y eso pocos lo hacían.
Pronto se haría de noche y aún faltaba un buen cacho para llegar a la posada más próxima.
Hacía frío, Nirvana notaba pequeños fragmentos de hielo adheridos a su piel, es piel que durante un tiempo brillaba con luz propia. El verano, ¡qué lejano quedaba ese tiempo!
Sujetaba entre sus manos un pequeño tiovivo de cristal, su único recuerdo, el único que de verdad deseaba conservar.
Cada vez era más difícil avanzar, el viento era fuerte y la nieve caía con rapidez. Quería conseguirlo pero había algo que se lo impedía. Había escapado de la muerte una vez, quizás no lo hiciera de nuevo.
Los copos cubrían ya parte de sus piernas.
Nirvana miró atrás un momento, en ese momento se dio cuenta de que no valía la pena luchar, de que todo era en vano. Y se dejó llevar por el viento del norte, pero eso sí, agarrada a su pequeño tiovivo de cristal. Aquel jueguete que guardaba un mensaje:

Solo tú puedes cambiar el rumbo de tu vida.