El momento llegó
y Margot, con todo el valor que llevaba dentro, quiso enfrentarse a Neptuno,
desafiar sus aguas y salir airosa. Pero Margot nunca había tenido suerte, y
este no era el momento para cambiar la cara de la moneda. Las monedas se hunden
en el fondo del mar, no flotan. Margot era una moneda.
Las
aguas golpearon con fuerza su cuerpo, su tabla, su vida. Sumergida, Margot
observaba el azul intenso y las burbujas que subían hacia la superficie. Era un
viaje sin retorno, sin vuelta, y Margot lo sabía bien. Notó como poco a poco el
aire le faltaba y el corazón desaceleraba su latido. Pero ella era feliz, había
olvidado y dejado atrás todos los problemas, había dejado atrás esa carta
causante de su soledad, de su locura, de su fin.
Todavía nos queda un punto cardinal, el Norte,
el final de esta pequeña historia,
el domingo lo tendréis:)