17 enero, 2013

El país de las armas


Respiraban el aire de la ceniza muerta como si el sonido que precedió a la explosión y a los disparos siguiese latente.
La pólvora nublaba la vista de aquellos cuyos ojos habían presenciado los crímenes acaecidos en la nocturnidad.
Miren tiritaba a causa del frío, pero lo cierto es que el miedo inundaba su cuerpo. Había visto pasar, caer y llevar a su hermano y a su padre, ambos, sin vida y con la esperanza arrebatada de cambiar y mejorar ese país en donde las armas habían tomado el poder.
“Las mujeres serán las últimas” Había oído decir al general. Quería que sufrieran, querían que viesen que si los hombres no había sido capaces de vencer a la sentencia impuesta por la injusticia, mucho menos podrían ellas.
Pero lo que de verdad aterrorizaba no era la muerte, sino la vida sin motivos y a merced de aquellos militares armados. Una vida llena de dolor que, ¿por qué negarlo? Sería peor que la mismísima muerte.

3 comentarios:

  1. (los pelos de punta)
    He muerto con 'Una vida llena de dolor que, ¿por qué negarlo? Sería peor que la mismísima muerte.'
    (bravo, bravísimo)

    besos
    desde
    lejos
    de
    pArís

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  2. La muerte es demasiado fácil, como dices, es peor vivir sufriendo. O vivir por nada.
    Besos-

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  3. Qué triste se vuelve la vida cuando la muerte tiene más sentido que ella.

    Un beso.

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