Hora de la muerte: 04.27 a.m.
La
sangre dejó de correr por sus venas, como si los ritmos marcados por las sístoles
y las diástoles se hubieran apagado. La mente se quedó en blanco, como nunca lo
había conseguido yendo a yoga y meditando, siguiendo las órdenes de aquel
profesor que parecía que iba a expirar el último de sus alientos; ahora era
ella. Ahora ella tomaba aire, lo guardaba en sus pulmones como aquel tesoro
preciado que, infantilmente, creía que podría salvarla de la oscuridad. Las
pupilas se dilataron por el sobresalto de la acción; el vello que recorría su
cuerpo de porcelana se erizó.
¿Cómo
era posible que se estuviera congelando cuando fuera llovían cenizas?
Clínicamente muerta, así la declararían.
Ella
se deshizo de todo con lo que cargaba, incluida su ropa pues no hay nada como
el frío del invierno para bajar la fiebre. Se sorprendió al ver como unas manos
la acompañaban al compás de su pulso inexistente. Respiró una vez más de aquel
ambiente diáfano en el que el delirio y la soledad la habían llevado por el
camino de las sombras; se despidió con un “que os jodan” mudo que no capaz de
salir de sus labios.
Se
acercaron el uno al otro, juntaron sus labios y ella, ella comenzó a vivir.