Ella observaba como la bola del ayuntamiento bajaba lentamente. Las campanadas sonaban fuerte
y repetidamente. El cúmulo de gente en Sol era inconmensurable, apenas había
huecos. Sujetó con cuidado su copa barata llena de uvas y comenzó a comerlas.
Una, dos, tres…
doce. Comía rápido, sin saborear, sin sentir, sin importarle atragantarse,
acabar antes o acabar después.
Pam, pam,
PAAAAM!
¡Feliz año
nuevo!
Winter miró
para atrás por última vez. Metió sus preciosas y suaves manos en los bolsillos
y sacó algo parecido a una cartera. 1000 euros y un par de tarjetas de crédito.
Estaba cansada
de todo, de todos, de su vida, del mundo. Un cambio de aires no le viene mal a
nadie, ¿no?
Y en este
caso, Winter aplicó el famoso refrán de “año nuevo, vida nueva”