Nana corre por los pasillos antaño iluminados por una suave y agradable luz. Escapa, huye y se refugia de aquel que quiere atentar contra su ser. El pasillo llega a su fin y Nana se encuentra con una puerta cerrada, reza por que se pueda abrir. Gira el pomo con delicadeza, la habitación se encuentra en penumbra, la luz de la luna entra por la ventana que hay en el fondo. No hay escapatoria.
Pronto llega él, armado, como siempre, y la acorrala en una esquina, la agarra de las manos y le besa en los labios. Una vez más, Nana no había sido capaz de escapar de él, el amor era más fuerte que la razón y eso dolía, claro que dolía saber que no era más que una triste marioneta en un juego llamado amor con fecha de caducidad marcada.