04 enero, 2013

Café agridulce


La cafetería de la estación estaba prácticamente vacía a excepción de dos señoritas sentadas en el más rebuscado de los rincones. Saboreaban café y sonrisas agridulces, ojos llorosos y a la vez llenos de luz por el nuevo comienzo.
-Es que ya no sé que somos, Charlie, él dice que me quiere pero a la vez no quiere dar ningún paso y yo…-la amiga de mirada perdida y voz entrecortada se limitaba a revolver una y otra vez su tazón de leche, como si nunca pudiera salir de aquel laberinto de perdición.
-Jackie, ¿tú sabes qué es lo que quieres? Pides a gritos una etiqueta, que os llaméis novios el uno al otro, encasillaros para no poder salir de donde ninguno de los dos desea entrar. No necesitas eso, pequeña. ¿Acaso no es mejor ser libre e independiente? No necesitamos etiquetarnos, limitar lo que la vida nos muestra por pura cabezonería o miedo a perder algo que ya tenemos.
Jacqueline asintió y con entusiasmo dejó la cuchara apoyada en el plato y bebió de aquella taza a la que antes temía, para no volverlo a hacer jamás.

3 comentarios:

  1. Las etiquetas pueden ser muy molestas. Es cierto, muchas veces no son necesarias. Es mejor dejar de pensar tanto y solo disfrutar de lo que se tiene.
    Besos-

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  2. Las etiquetas ahogan,
    pero no siempre
    (y eso es algo que se aprende
    no dándoles más importancia de la que tienen y es : cómo
    quieres que te conozcan los demás
    )

    abrazos.

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